Todas las lecturas de la Liturgia de hoy, hablan del perdón. Pero en el sentido cristiano, todavía es mucho más difícil de lograr, especialmente en el mundo en que nos ha tocado vivir, lleno de injusticia y como es natural, de su consecuencia: la violencia.
En la primera lectura, tomada del Libro del Eclesiástico, se nos dice: “Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee…Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”
Es claro, no podemos pedir para nosotros lo que no somos capaces de ofrecer al otro.
“El Señor es Compasivo y Misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”, nos dice el Salmo 102 que leemos hoy. Y es que el Señor desea que seamos perfectos como El mismo, es perfecto. Que seamos santos, como El es Santo. Si hemos sido creados a Su Imagen y Semejanza, es lógico que actuemos semejantes a El. La diferencia es que nosotros sólos, no podemos. El contó siempre con Su Padre del Cielo. Y si nosotros no contamos con Su ayuda, será imposible lograrlo. El oraba mucho, se apartaba del ruido y se ponía en contacto con El a toda hora. Y nosotros, ¿cómo y cuánto oramos?
Necesitamos de mucha oración y sacrificio para esto, y el mundo de hoy no nos da el tiempo para hacerlo, con tantas distracciones a las que estamos sometidos continuamente a través de los mass media, y a los que somos incapaces de evadir, quizás por no haber aún comprendido lo que significa ser Cristiano hoy.
El Espíritu Santo es el único maestro de la oración. Y debemos recurrir a El para poder lidiar con nuestros enemigos internos: rabia, odio, malhumor, resentimiento.
Solamente seremos felices cuando logremos perdonar. El perdón es la gran sanación de la psiquis humana. El perdón es lo que nos da la libertad que necesitamos para vernos a nosotros y al mundo de un modo diferente.
El perdón es la fuente de la paz personal y social. Es por eso que debemos comenzar a entrenarnos para aprender a perdonar tanto a nosotros mismos como a los demás-
“Es cierto que vivimos en una sociedad herida por el odio y por el rencor en la que es frecuente la venganza; en la que se perdona pero no se olvida; en la que es común levantar fuertes barreras de rencor ante los demás. Es por eso que los cristianos debemos ser mensajeros del amor fraterno y del perdón, que era lo que enseñaba Nuestro Señor Jesucristo e imitar Su Vida.” (El Perdón, Experiencia de Liberación)
La paz nace del perdón. Cada vez que rezamos el Padrenuestro, pedimos al Señor que nos perdone como nosotros perdonamos a los que nos han hecho mal. Muchas veces rezamos esta bella oración y no nos hacemos la idea de lo que estamos pidiendo. Oramos como papagayos. Ya está bueno de pasar por la vida sin lograr nada, porque nos hacemos de la vista gorda ante todo lo que nos rodea.
Nuestra vida dista mucho del ideal del amor, somos egoístas y herimos a nuestros hermanos. Por otra parte, recibimos ofensas, todos faltamos a la Ley del Amor. “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” ( 1 Jn 1,8)
El perdón genera reconciliación, reconstruye el amor y lo fortalece. “Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18)
Con el perdón cambia la actitud del corazón. Se recuerda la ofensa, pero sin sentimiento de aversión. El perdón debe ser espontáneo, total e incondicional, como fue la actitud del Padre con el hijo pródigo. (Lc 15, 11-32) Vamos a comenzar a parecernos cada día a Jesús, que pasó por la vida haciendo el bien.
“Vamos a pedir hoy al Señor que nos ayude a poder perdonar a todos los que nos han ofendido”, y que mejor día que hoy, 11 de septiembre, el de un aniversario más de uno de los actos terroristas más horrorosos que hemos vivido. Y cómo ese odio ha contribuido, a causar más dolor al mundo. Y es que la violencia, lo que engendra es violencia. Debemos pues, ser capaces de hacer un alto en el camino de nuestro egoísmo y comenzar a perdonar sin límite, a amar sin límite, como dice una canción de Perales.
Vamos a pedir al Señor que nos envíe al Espíritu de unidad, que nos congregue en un mismo amor, una misma fe y un acuerdo de paz. Amen!