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LES DOY UN MANADMIENTO NUEVO: AMENSE UNOS A OTROS 

May 02/2010

Maruchi R. de Elmúdesi
MFC-IDEFA
melmudesi@hotmail.com

Hoy V Domingo de Pascua la liturgia nos habla de las vicisitudes que tuvieron que pasar Pablo y los demás apóstoles para llevar la Nueva Noticia de la resurrección de Jesús,  “exhortándolos a permanecer en la fe, diciéndoles lo mucho que hay que pasar para entrar en el reino de Dios.”
San Juan nos narra en el Libro del Apocalipsis que la “nueva Jerusalén, descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo… y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.”
Y es en la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial donde todos los redimidos en Cristo residen junto al Padre, se vive perfectamente el mandamiento del amor que nos pide Jesús en el Evangelio de hoy: “Amense unos a otros.”
“En la ciudad Santa hay verdadera unidad y hermandad; no hay barreras raciales, culturales ni nacionales que dividan a los redimidos de Dios”. Y es que solamente podemos vivir ese mandamiento, si tenemos a Jesús dentro de nosotros.  Cada vez que comulgamos estando bien preparados El mismo hace morada en nosotros, y nos vamos convirtiendo en “Alter Christos”. Si tenemos buena disposición y lo recibimos con humildad y verdadero deseo de agradarle, podemos ir aprendiendo poco a poco a amar no solo a los que nos aman sino a aquellos que nos han hecho mal. Pues, “esa es la señal por la que conocerán todos que son discípulos míos”. (Jn 13,35)
Y es que amar no es fácil. “Amar es un arte que requiere disciplina, coraje y fe. En una cultura (como la nuestra) en que estas cualidades son raras, también ha de ser rara la capacidad de amar.” (Tomado de El Arte de Amar de Erich Fromm)
 “Y solo podemos obedecer este mandamiento sabiendo que Jesús nos ama como el Padre lo ama a El y porque Jesús nos enseña cómo hemos de amar. Y podemos amar así porque hemos recibido la nueva vida que se nos ha dado gracias a la muerte y resurrección de Cristo. En la Cruz, Cristo destruyó el poder del mal y nos dio a los cristianos la posibilidad de destruir la tendencia al mal en nuestra vida… En momentos de prueba o agitación, de resentimiento, de amargura, cuando el egoísmo y el odio nos agobian, tenemos que cerrar la mente a las pasiones de nuestro corazón y fijar la mirada en la verdad que encierra su mandato, esa verdad que caracterizó la vida de Jesús: “Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros.”  
Y es que el amor es la repuesta al problema de la existencia humana.
El amor se aprende en familia. Y si la familia no es verdadera escuela de amor y servicio, es poco lo que podremos hacer con las futuras generaciones. El amor se aprende amando, viviendo esa relación de fraternidad, de solidaridad apartada de los devaneos del mundo, del demonio y de la carne.
El amor no es solo un sentimiento. Si fuera así no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión? Cabe entonces llegar a la conclusión de que el amor es exclusivamente un acto de voluntad y un compromiso.  Por eso tantos matrimonio se separan al poco tiempo de casarse. No han tenido en cuenta lo que es el amor. Ha sido simplemente un enamoramiento que dura lo que dura el sentirse bien.
No estamos enseñando a amar a la juventud. Porque nuestro testimonio de vida deja mucho que desear. Y la juventud no es ciega. Y está harta de tanta doble moral. Digo una cosa y hago otra. La incoherencia de vida está acabando con la sociedad de hoy.
El amor verdadero es como el amor de una madre: gratuito. Amor sin interés, sin utilidad. Se ama gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Te amo porque sí.
La gente muchas veces se casa impulsada por ese amor romántico, que está destinado a desaparecer en el transcurso de los años. Es un amor de emoción. Hay otros, sin embargo, que se unen por una ilusión que no es amor, pero que tienden que madurar a lo largo de su matrimonio.
En el matrimonio, en lugar de crecer el amor, puede apagarse. Hay quien no lo cultiva. El amor no deja de ser una criatura frágil. El amor “eros” es un sentimiento humano y no deja de tener fogosidad. El matrimonio es lo que lo hace fuerte. Sin embargo, la rutina congela las emociones y ese “amor” igual que la ropa  se desgasta con el uso de cada día. El enemigo del amor es el egoísmo y su característica, la fuga. Es más fácil vivir hacia fuera que hacia dentro. La dispersión queda y se buscan refugios: negocios, éxitos económicos, compromisos políticos, vida social intensa. Se olvidan de su tarea principal: cultivar los valores eternos del amor. Y entonces comienza el divorcio del corazón. Los fugitivos no aman. Se aman. Buscan la satisfacción de su ego. El fugitivo es individualista. Egoísta. Son superficiales, porque viven en la superficie. Son artificiales.

Cualquier similitud con la sociedad actual, son simplemente coincidencias. ¡Que el Señor nos enseñe a amar como solamente El sabe hacerlo! Amén


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