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¿QUIÉN ESTÁ EDUCANDO AL PUEBLO?

 

EL SEÑOR ASCIENDE ENTRE ACLAMACIONES 

May 16/2010

Maruchi R. de Elmúdesi
MFC-IDEFA
melmudesi@hotmail.com

Después de la Resurrección del Señor, los Apóstoles esperaban la venida “triunfalista” del Reino de Israel. Sin embargo, Jesús les habla de una misión en Jerusalén: “No se alejen de Jerusalén: aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo les he hablado. Juan bautizó con agua; dentro de pocos días, ustedes serán bautizados con Espíritu Santo.” (Hechos 1, 4-5)
Ellos recibirían esa fuerza para que fueran sus testigos en todos los confines del mundo. Entonces, los Apóstoles “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron:”Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? (Idem)
¿Qué estamos haciendo los cristianos católicos hoy? ¿Seguimos mirando al cielo, o estamos cumpliendo con el mandato del Señor de ir a evangelizar a toda criatura?
¿Nos pasamos la vida contemplando el panorama que nos rodea y somos incapaces de levantar un dedo para impedir lo que está sucediendo a nuestro alrededor? Somos todos responsables de lo que está ocurriendo. Cada uno dentro de nuestra profesión, actividad, u oficio. Seamos jefes o subalternos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos. Debemos ser siempre instrumentos de paz, de justicia, y de verdad; tres valores objetivos universales centro de la convivencia humana, independientes de bandería política. Todos los dominicanos somos hermanos en una misma fe, y como hermanos debemos practicar la fraternidad contra viento y marea. El Señor cuenta también con nosotros como contó con sus discípulos, pues somos hoy sus testigos como lo fueron ellos, para cumplir la misión que El nos ha encomendado: Que el Reino  de Dios sea una realidad tangible también en la Tierra. Para eso todos debemos convertirnos en sujetos activos de nuestro propio desarrollo. Ya está bueno de permanecer pasivos “esperando que llueva café en el campo”, sin nosotros hacer nada para sembrarlo, o porque esperamos que otros lo hagan por nosotros. Recordemos que también nosotros hemos recibido el Espíritu de Dios en nuestros corazones. No desperdiciemos esa fuerza que tenemos.
Si, no nos quedemos mirando al cielo en espera de que la Santísima Trinidad, y la Virgen de la Altagracia, o el propio gobierno, nos “limpien” nuestro habitat. Ellos también esperan que cada uno de nosotros trabajemos en el cambio de estructuras de injusticia, de apatía, de violencia y de corrupción, incluso dentro de nuestros propios hogares.
Vamos a convertirnos en agentes de cambio de una sociedad comida por la inconsciencia y vamos a cambiarla por una sociedad donde se viva la generosidad, la armonía, la comprensión y la tolerancia pero sin abusos de confianza. Vamos a quitarnos la careta, y comencemos a llamar al “pan, pan, y al vino, vino”. Vamos a terminar con la voracidad de los que ejercen algún tipo de poder, con la indolencia de los que esperan que otros le resuelvan sus asuntos; vamos a acabar con la esclavitud de esos medios de comunicación que irrumpen en nuestros hogares, sin permiso, para llevarnos mensajes de pornografía y vulgaridad, y falta de respeto a la misma familia que los reciben. Muchas veces, ellos mismos son culpables de tanto consumismo, hedonismo y materialismo rampante, del dinero fácil, que arrastra a los más débiles hacia la corrupción.
Vamos a dignificar nuestra Patria con los paradigmas de nuestros verdaderos héroes nacionales. Con el respeto que merecen los que han luchado por nuestra libertad aún a costa de su propia sangre. Que esas muertes no hayan sido en vano.
Vamos a dejar esa “espiritualidad romántica” sin compromiso con el entorno social, sin hacernos conscientes del pecado social que nos rodea. Una religiosidad que nos aísla. Vamos a vivir las Bienaventuranzas, como opción libre y voluntaria, que fue lo que nos dejó Jesús de Nazaret, antes de marcharse a preparar nuestras moradas. Vamos a dejar de lado la incoherencia y vamos a vivir conforme la ley de amor y de esperanza.


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