Pienso que comprendo el deseo del filósofo Flores d'Arcais en su
búsqueda del Estado laico. Lo comprendo y lo comparto. Pero no
concuerdo con él en los extremos laicistas hasta los que lleva su
pensamiento. Y no por motivos confesionales, sino por amor a la
libertad, que es ahogada por el laicismo. Es cierto que si un
cristiano vive mal su fe, puede ser fundamentalista. Y,
posiblemente, sucede lo mismo a musulmanes y judíos. La Iglesia
Católica tiene muy clara la separación entre el orden civil y el
religioso. Sabe igualmente que la verdad no se impone sino por sí
misma. Sin embargo, el laicismo de Flores d'Arcais parece de
obligado cumplimiento, un laicismo fundamentalista hasta la
afirmación de que, para la democracia, es fundamental e inherente la
resistencia a dejar entrar a Dios en la vida pública.
Observo que, en este tipo de planteamientos, siempre falta un concepto
clave: la libertad. Ese es el
humus
sobre el que crece una sana laicidad no asfixiante y las religiones por
las que opten los ciudadanos. Es cierto que las religiones monoteístas
ofrecen una verdad, pero ni es preciso que se peleen por ella, ni es
necesario que adopten «la verdad» del laicismo excluyente. De otro modo,
¿en qué queda el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos
del Hombre, que proclama la libertad de pensamiento, de conciencia y de
religión? Si el filósofo italiano sólo los admite para la intimidad
personal, ¿por qué su laicismo ha de ser la «religión» del Estado? ¿Por
qué ha de ser impuesto a los que no lo desean?
Tocqueville relató su sorpresa al comprobar que la democracia americana
tuvo su mejor valedor en el cristianismo, y pensaba que las creencias
religiosas son necesarias porque conducen a actos humanos, lo que
constituye un apoyo a la libertad personal. Por eso aconseja las
religiones, sin caer en áreas que estén fuera de su esfera. La Iglesia
Católica no postula que la vida pública se base en una religión —por
cierto, sólo Malta es Estado confesional católico—, pero nadie puede
impedir que los practicantes de cualquier religión oferten su visión de
la vida y que ésta pueda influir en determinadas leyes. Si no, el
laicismo a ultranza se convierte en dictadura para algunas o muchas
conciencias; ese laicismo no es neutral porque es antirreligioso e
irrespetuoso con la libertad.
Cuando Flores habla de intento camuflado de reintroducir a Dios mediante
la moral natural, falsea la realidad porque no se trata de camuflaje
alguno, sino deseo de buscar puntos comunes con aquellos no creyentes
que no hacen fundamentalismo de su laicidad; y por otra parte, siempre
se ha hablado de moral natural hasta que algunos han intentado borrarla.
Por cierto, cita a Darwin sin recordar que éste no negó nunca la
creación ni la intervención de Dios en la evolución y selección natural
de las especies. Él es libre de creer —nadie lo ha demostrado- en que
todo es fruto de una acumulación de errores casuales en la transmisión
del ADN, pero son precisos tantos errores para la sola aparición de una
mosca que, puestos a creer en algo, hasta es más fácil creer en Dios,
aunque algunas religiones sólo lo expliquen a medias. Pero sin pegarse.
Hace muchos años que oí hablar al fundador del Opus Dei de mentalidad
laical, también dentro de la Iglesia. Y comprobé su amor a la libertad,
su deseo de no mezclar a la Iglesia en banderías humanas, precisamente
por esa pasión por la libertad y responsabilidad personales, por el
mundo y la propia fe. Suyas son estas palabras: «los cristianos gozáis
de la más plena libertad, con la consecuente personal responsabilidad,
para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política,
social, cultural, etcétera, sin más límites que los que marca el
Magisterio de la Iglesia». ¿Hay alguien con espíritu democrático que se
atreva a negarnos este derecho?