Todos sabemos que, muchas veces, perdonar es difícil. Pero quizá
para algunos sea especialmente difícil perdonarse a uno mismo. Y
están tristes porque no se perdonan sus propios fracasos, porque
alimentan sus errores dándoles vueltas en su memoria, porque parece
que se empeñan en mantener abiertas sus propias heridas. Son como
cadenas que se ponen a sí mismos, cárceles en las que se encierran
voluntariamente.
A lo mejor están tristes y sienten dentro del corazón como una especie
de lanzada que les amarga la existencia, porque cargan con una
responsabilidad que no les corresponde, por un fracaso que no es suyo,
al menos en su totalidad.
Sucede a veces, por ejemplo, con la educación de los hijos. Unas veces
se falla porque se hace mal, otras porque hay circunstancias ajenas que
lo estropean sin culpa de los padres, y otras simplemente porque los
hijos son libres. En cualquier caso, la solución nunca es dejarse
consumir por la tristeza, sino rectificar en lo posible el rumbo,
procurar aprender, intentar recuperar el terreno que se haya perdido,
mirar al futuro con esperanza.
La falta de perdón para uno mismo suele generar tristeza, y una y otra
tienen su origen en el orgullo. Y así como el orgullo del que es
simplemente vanidoso, o de quien está pagado de sí mismo, es el más
corriente y menos peligroso; en cambio, pasarse la vida dando vueltas a
los propios errores suele ser señal de un orgullo más refinado y
destructivo.
Es preciso aprender a aceptarse serenamente a uno mismo. Aceptarse, que
nada tiene que ver con una claudicación en la inevitable lucha que
siempre acompaña a toda vida bien planteada, sino que es encontrar un
sensato equilibrio entre exigirse y comprenderse a uno mismo.
Conociéndose un poco es fácil saber cómo hacer frente a esos desánimos
que acompañan a los propios errores y fracasos. Son instantes de
hundimiento y de desazón, bajones de ánimo que pretenden ganarnos la
partida de la vida.
Conviene pararse a pensar en las razones que los producen. A veces nos
avergonzará ver cómo pueden desanimarnos contratiempos tan tontos; cómo
cosas de tan poca importancia pueden hacernos pasar de la euforia al
abatimiento, o viceversa, de forma tan rápida. Para superarlos, conviene
hacer un esfuerzo de reflexión, un serio intento para ser objetivo, para
ver cómo alejar esas sombras de pesimismo que asaltan inadvertidamente a
todos y que tantas veces no dejan ver la cara soleada de la vida.