¿QUIÉN ESTÁ EDUCANDO AL PUEBLO? -
DIOS ES AMOR
Maruchi
R. de Elmúdesi
Si hay un
evangelista que transmite el Mensaje del Amor de Jesucristo a los
hombres, a través de su evangelio y de sus tres cartas, es el Apóstol
San Juan. A lo largo de todos sus escritos, nos presenta a Jesús como el
Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios, el que había de venir: “Yo y el
Padre somos uno”. (Jn 10, 30), y en la Oración de Jesús de despedida, él
manifiesta el amor que procede del Padre, y les pide a sus discípulos
que se mantengan constantemente unidos entre si y con Dios.
Juan nos dice
que ese Misterio de amor, no se descubre por una actividad intelectual.
Se manifiesta a los que tienen fe. La fe consiste en una nueva visión
que Dios concede a los que son suficientemente humildes como para abrir
su corazón a una persona viviente: Jesús
La comunidad
cristiana de la época de Juan, se encontraba dividida: los seguidores de
Juan el Bautista, que no conocía la Buena Nueva en su plenitud,
ignoraban el don del Espíritu que hace participar realmente en la vida
divina.
Para San
Juan, el don de Dios, hecho realidad en Jesucristo, transforma
radicalmente la existencia humana. Hasta entonces el hombre había vivido
en el régimen de la Antigua Alianza, Alianza que tenía a Moisés como
fundador y en Juan el Bautista a su más calificado representante. Esta
Alianza tenía valor en la medida en que servía de preparación a la Nueva
Alianza. El Bautista era el precursor y testigo. Pero ante el “novio”
tenía que desaparecer (3, 29-30) Ahora viene Jesús, nuevo Moisés, cuyas
señales reproducirán las del Exodo. Desde este momento el creyente
conoce en plenitud la luz y vive. Esto es debido, a que por Jesús,
muerto y glorificado, el Padre, le comunica su Espíritu. Por el Espíritu
el hombre queda injertado en Dios, participa de la intimidad divina
porque conoce al que ha enviado a su Palabra (10, 38; 14, 7; 17, 3) Vive
también él como “hijo de Dios”. Es por eso que el creyente tiene, en
consecuencia, la responsabilidad de continuar la obra de su maestro.
Viviendo en el amor, ha de llevar el mensaje de amor al mundo, con su
palabra, pero principalmente con esa señal viviente que consiste en una
comunidad unida en la caridad. (13, 35)
A lo largo de
toda la historia de la Iglesia, siempre habrá quien disienta de sus
enseñanzas. Pero de eso a decir que “por fin (la Iglesia) tiene un
escándalo justificable en el mismo Dios que es amor”, es inaudito. (DL
12 de mayo´09).
Todos los
católicos somos Iglesia. Pero los que son figura pública tienen mayor
responsabilidad en cuanto a ser testimonio de vida frente a su público.
Si estuviéramos conscientes de que nuestras actitudes influyen en las
personas de una forma positiva o de una forma negativa. Si estuviéramos
conscientes de que como dijo Jesús: “Al que escandalice a uno de estos
pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas
piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. ¡Ay del
mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente que vengan escándalos,
pero, ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene,” (Mt 18, 6-7)
nos evitaríamos cometer escándalo. No debemos fallarle a Dios, ni a los
hombres. Pero para eso debemos contar con los dones y frutos del
Espíritu Santo, entre los que se encuentra tanto el entendimiento, como
el dominio de si. Si no entendemos, no podemos hacer crecer el Reino de
Dios. Si no pienso, ¿cómo puedo transmitir a las personas un Mensaje de
Dios de amor, paz, alegría? ¿Cómo puedo ser liberador para las personas
con quien trato? ¿Estoy siendo el religioso que debo ser?: “¿Quién dice
la gente que es el hijo del hombre?, preguntó Jesús”. (Mt. 16,13)
Si tuviéramos
presente que nuestra vida es modelo para otros a veces sin notarlo,
cuánto más este sacerdote que tenía hasta programas de radio,
televisión, escritos en los periódicos, evangelizando a otros.
“¿Como un
ciego puede guiar a otro ciego?” (Mt 15, 14). A este sacerdote, le cegó
el mundo de hoy. No se supo mantener al margen de las tentaciones de que
nos habla también San Juan. Se involucró demasiado con el espíritu de la
carne.
Si se
enamoró, el amor de un hombre y una mujer es cosa relativa. Este amor
puede sacrificarse en aras de una exigencia más elevada, la del Reino. Y
él eligió la vocación al Sacerdocio con las exigencias que conllevaba.
Hay diferentes vocaciones. San Pablo en su primera carta a los Corintios
señala: No obstante les digo a los célibes: Bien está quedarse como yo.
Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que
abrasarse.” Pero también dice: “Que cada cual viva conforme le ha
asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. (1Cor 7)
Y en su Carta
a los Gálatas, San Pablo nos dice: “Si vivís según el Espíritu, no
daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene
apetencias contrarias al Espíritu, y el Espíritu contrarias a la carne…
pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne de sus
pasiones y sus apetencias…No busquemos la gloria vana provocándonos los
unos a los otros.” (Gal 5, 16-26) “Para ser libres nos libertó Cristo…
no os dejéis oprimir de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.” (Idem)
Otros temas de formación.